El viejo

 

Elviejo2

Siempre estuvo en la entrada de la casa principal, recibiendo a todos los miembros de la familia. De Motul se lo llevaron a Mérida y de ahí emigró a Monterrey. Moreno, serio, de cara dura y romana, con diseño sencillo, pero elegante. Sin duda, siempre fue muy apreciado y envidiado.

Lo trajeron de la compañía Ansonia de Nueva York a principios del siglo veinte. En su momento, era uno de los modelos de mayor precisión que existían, gracias a su maravilloso péndulo que oscilaba armoniosamente dentro de su cuerpo esbelto.

Medía no más de dos metros de altura y un poco menos de cuarenta centímetros de ancho. Con gran orgullo, tocaba una campanada en cada cuarto de hora y religiosamente las  correspondientes a cada hora del día.

Marcó muchas de las alegrías familiares: la hora de los nacimientos, la hora de las bodas, la hora de las victorias. Pero igualmente marcó los sufrimientos y las horas al parecer interminables de las pérdidas, humanas y materiales también.

Y después, de ser el testigo más puntual y fiel, el viejo despidió poco a poco a cada uno de los miembros de la familia, con un dolor tan profundo, que nada ni el tiempo lo pudo borrar.

Anuncios

San Juan, San Martín, San Joaquín y Santa Marta

Unos años después de adquirir San Nicolás, Crescencio y Rita se animaron por la segunda, se llamaba San Juan. Y un tiempo después, sus anexas, las haciendas henequeras San Martín y San Joaquín.

La última que se agregó a los bienes rústicos de la familia fue Santa Marta, una finca de campo situada a diez kilómetros al norte del pueblo de Telchac, partido de Motul. Se la compraron a un tal Pedro Pérez Miranda el dos de marzo de 1900.

Y así estaban cuando se estrenó el siglo veinte. Con cientos de trabajadores que dependían de ellos, una importante producción de henequén, muchísimas cabezas de ganado vacuno, yeguas, burros, capones, mulas… Tantas familias, tantos animales y tantas, pero tantas cosas.

Se pasaban los días administrando sus propiedades, dando gracias a Dios por todas las bendiciones y planeando su próxima movida. Compartían el amor exquisito que tenían por el trabajo y disfrutaban juntos cada triunfo, por más pequeño que fuese.

Pero los días no tienen tantas horas como ellos hubieran querido y desgraciadamente hubieron otras cosas que tuvieron que desatender. No es posible tenerlo todo en la vida. Si pudiéramos ver por el ojo de la cerradura del que fue su hogar, pudiéramos descubrir que esto ambos lo aprendieron de la manera más dura. Los santitos que se adjudicaron les costaron más de lo que ellos se hubieran podido imaginar.Merida 118

San Nicolás

San Nicolás fue la hacienda más querida por la familia Novelo Puerto. Fue la que más les dio: experiencia, poder y fortuna, sin duda. Pero lo más importante fue que la hicieron su segundo hogar.

Crescencio y Rita dieron sus primeros pasitos como henequeros el veinte y cuatro de diciembre de 1885 en la oficina del notario José Dolores Cámara en la ciudad de Motul. En este día y en este lugar fue cuando se adjudicaron las escrituras de las fincas San Nicolás y su anexa Pakbiholchén.

En esta propiedad llegaron a tener más de ciento veinte cabezas de ganado vacuno, seis caballos de silla, cincuenta mulas de trabajo y un colmenar con cien corchos poblados. Para la producción del agave, contaban con un tren de raspa de henequén compuesto de una casa de madera y zinc con una caldera semi fija sistema Marshal, una desfibradora marca Vencedora y una bomba Wortington, con su caldera de dos caballos. También, una presa de catorce arrobas y tres veletas Aeromotor. Además, un plantel Pichic de siete mil mecates de henequén de corte y un plantel Kuichén de tres mil mecates de henequén en cultivo.

Pero para Crescencio y Rita lo más valioso de todo en esta hacienda eran las sesenta y tres familias que vivían ahí y que de alguna manera llegaron a formar parte de su propia familia: los Pool, los Pech, los Batún, los May, los Can, los Ceh, entre otros muchos. La mayoría tenían sus casas en las tres calles largas que estaban a un lado de la hacienda.

La casa principal era muy linda, sus paredes estaba decoradas con flores amarillas y tenía una plaza muy grande con un árbol enorme en el medio. Los trabajadores de mayor categoría vivían alrededor de la plaza como el mayocol, quien era el encargado del campo; el mayoral, quien era la autoridad; y el maestro de la escuela. También estaban ahí, las casas para los invitados. San Nicolás contaba con una iglesia, una escuela y la casa de máquinas, donde se raspaban y se hacían las pencas de henequén.

La familia Novelo Puerto trabajó arduamente por muchos años y pasaron tanto tiempo en este lugar que se convirtió en su segundo hogar. Ahí sus hijos aprendieron a montar, ahí celebraron innumerables fiestas, ahí nació su querida Marta, ahí pasaron muchas temporadas felices en familia y ahí también, enterraron a sus difuntos. En San Nicolás, la familia Novelo Puerto dejó una gran parte de su legado.

San nicolas

El almacén de Crescencio

CrescencioCrescencio estaba tan orgulloso de su apellido, que no lo pensó dos veces el día en que se le preguntó cómo le pondría al nuevo establecimiento del que todo Motul estaba hablando. “Se llamará Abarrotes Novelo.” contestó sin pestañear. Aunque no sabía mucho de sus antepasados de sangre, Crescencio conocía muy bien la historia de los Novelo y había sido criado como uno de ellos.

A Motul llegó en busca de fortuna y el primer nivel de su escalinata laboral, fue su querido almacén. Abría en cuanto los primeros rayos de sol salían, unos minutos antes de las cinco de la mañana. Para las tres de la tarde ya empezaba a llenar los quinqués del petróleo de la compañía Luz Diamante de Longman y Martinez, que importaba de Nueva York. Y hasta las diez de la noche se iba a su casa a descansar. Trabajaba muchas horas, solamente los domingos no abría, pero sabía que este era el único camino que había para lograr sus sueños.

Fueron muy variados los productos que exhibió en sus mostradores, vitrinas y casilleros. Desde una aguja para cocer hasta grandes herramientas para el campo. Pero lo que más vendía eran víveres, nacionales y extranjeros.

Arroz de Campeche, cacao de Tabasco, café y frijol de Veracruz, bacalao de Noruega, quesos de Holanda, cerveza de Alemania, botellas de vino de mesa de Borgoña, frutas secas y jamones de España. Pasaba los días observando estos productos y creando relaciones de negocios con los distribuidores de los mismos.

Le gustaba su almacén, pero tenía grandes aspiraciones y usando la primera oportunidad que se le dio, cruzó el océano Atlántico en mayo de 1882 y desembarcó por primera vez en tierras europeas. Su destino fue Hamburgo, Alemania. Llegó, lleno de ilusiones y listo para fabricar el próximo nivel de su escalinata laboral. Muchos fueron los viajes que dio y gracias a su gran empeño, pocas fueron las caídas. Y así, como un día alguien pronosticó, llevó muy en alto y muy lejos el apellido que se le dio, Novelo.