El almacén de Crescencio

CrescencioCrescencio estaba tan orgulloso de su apellido, que no lo pensó dos veces el día en que se le preguntó cómo le pondría al nuevo establecimiento del que todo Motul estaba hablando. “Se llamará Abarrotes Novelo.” contestó sin pestañear. Aunque no sabía mucho de sus antepasados de sangre, Crescencio conocía muy bien la historia de los Novelo y había sido criado como uno de ellos.

A Motul llegó en busca de fortuna y el primer nivel de su escalinata laboral, fue su querido almacén. Abría en cuanto los primeros rayos de sol salían, unos minutos antes de las cinco de la mañana. Para las tres de la tarde ya empezaba a llenar los quinqués del petróleo de la compañía Luz Diamante de Longman y Martinez, que importaba de Nueva York. Y hasta las diez de la noche se iba a su casa a descansar. Trabajaba muchas horas, solamente los domingos no abría, pero sabía que este era el único camino que había para lograr sus sueños.

Fueron muy variados los productos que exhibió en sus mostradores, vitrinas y casilleros. Desde una aguja para cocer hasta grandes herramientas para el campo. Pero lo que más vendía eran víveres, nacionales y extranjeros.

Arroz de Campeche, cacao de Tabasco, café y frijol de Veracruz, bacalao de Noruega, quesos de Holanda, cerveza de Alemania, botellas de vino de mesa de Borgoña, frutas secas y jamones de España. Pasaba los días observando estos productos y creando relaciones de negocios con los distribuidores de los mismos.

Le gustaba su almacén, pero tenía grandes aspiraciones y usando la primera oportunidad que se le dio, cruzó el océano Atlántico en mayo de 1882 y desembarcó por primera vez en tierras europeas. Su destino fue Hamburgo, Alemania. Llegó, lleno de ilusiones y listo para fabricar el próximo nivel de su escalinata laboral. Muchos fueron los viajes que dio y gracias a su gran empeño, pocas fueron las caídas. Y así, como un día alguien pronosticó, llevó muy en alto y muy lejos el apellido que se le dio, Novelo.

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